|

Aquel guerrero se mantenía toda la noche alerta a la entrada del laberinto.
Nadie podía entrar, nadie debía salir.
Hacia el alba escuchó sonidos extraños que venían de adentro. Como buen guerrero entró sin vacilar. A cada paso que daba, oía mas ruidos, en cada sala que entraba, una puerta se cerraba tras él, cuanto más avanzaba, tanto más desorientado se sentía. De pronto lo asaltó el silencio y sintió a sus espaldas una respiración fuerte y animalesca, un suspiro profundo ...
Despertó del frío de su pesadilla y ahí se encontró, en la puerta del laberinto. Pero a pesar de ser guerrero, no pudo dormir nunca más.
Había un guerrero tan, pero tan enamorado de Ariadna, que, cuando Teseo estuvo dentro del laberinto, desde la entrada el prendió fuego al hilo que ella le había dado, y se apartó para ver el dibujo del humo por encima de la construcción.
Ariadna esperaba ansiosa que Teseo saliera del laberinto. Y como éste no aparecía, se decidió a entrar. Despistó a los guerreros de guardia y se adentró en la fortaleza. Tomó el cordón de Teseo y empezó a seguirlo. Mil puertas, mil habitaciones. Cada vez mas rápido y vertiginoso se le hacía el camino. Pero tenía la certeza de que Teseo aguardaba al otro lado de la cuerda.
Llegando al centro del Laberinto, Ariadna observó que el hilo que ella agarraba se abría en tantos extremos como caminos había.
Desde hacía años, ese guerrero montaba guardia de espaldas a la puerta de entrada al laberinto Un día le tocaron el hombro, y al volverse, se encontró frente a frente con el Minotauro. Su corazón se heló de golpe y estalló en mil pedazos. De ahí en adelante cuida la puerta del laberinto, pero sin corazón.
Teseo está enredado en su cuerda, no tiene escape, y no tiene más soga.
Todas las noches, Ariadna iba en secreto al laberinto a la espera de Teseo.
El guerrero, tan loco de amor y de celos, una vez fabuló que Teseo había sido devorado por el Minotauro. Ella, fuera de sí, se lanzó sobre él, y con toda su furia clavó un cuchillo en el pecho del guerrero.
El alcanzó a decirle "rompiste mi corazón".
Un guerrero desafió al Minotauro a un duelo a muerte.
Entró al laberinto, gritó palabras horribles y pronunció frases llenas de ira y burla. Cuando pasó a la segunda habitación, una puerta se cerró tras él y lo atrapó.
Por eso, dentro del laberinto, hay un cuarto sellado. Si uno pasa en silencio, escucha los gritos de aquel guerrero altivo.
Dicen que en cada huella del Minotauro crece el pasto, y en cada pelo que se le cae, nace una chispita.
Cuentan que algunas puertas del laberinto están cerradas con llave, y que las llaves están escondidas dentro del laberinto.
Cuentan que existe una última puerta, que tal vez esté cerrada con llave.
Y cuentan también, que quizás esa puerta de salida, esa última puerta final, no tenga cerradura.
Atrapados en el laberinto, Dédalo e Icaro se preparaban para volar. Dédalo remontó primero, y cuando Icaro se disponía a seguirlo, un guerrero herido, atrapado también, le arrebató las alas y buscó altura planeando ...
Estaba débil y sin fuerzas. Viró hacia atrás y divisó a Icaro que lloraba y le señalaba más allá. Cuando volvió la cabeza hacia adelante, lo devoró el Sol.
En las noches de los días que hacen entrar las siete doncellas y los siete caballeros, se sabe que se debe cambiar la guardia, ya que todos los guerreros que estuvieron allí, fueron encontrados a las mañanas siguientes alucinando y con delirios de ruidos de fiesta, y humos, y nubes de fantasmas danzantes de colores por encima de la fortaleza.
Luego de haber salido airoso del laberinto, esa noche, en su alcoba, Teseo acarició la cabeza de Ariadna y percibió un bultito en cada sien.
Habiendo estado tantos años al cuidado de las puertas del laberinto, tuvieron que reemplazar a ese guerrero porque le estaban creciendo los cuernos, y el rabo.

|